"Purple Sea", un documental sobre la inmigración filmado en primera persona.

Dirección y guion: Amel Alzakout y Khaled Abdulwahed.

Duración: 67 minutos.

Estreno en la plataforma Mubi.

Amel Alzakout y Khaled Abdulwahed nacieron en Siria. Ella, en 1988; él, en 1975. Pero no se conocieron allí sino en Turquía, donde coincidieron en el exilio tras huir de su país en medio de una guerra interminable. Se enamoraron y empezaron a pensar una vida juntos, con el dolor de hacerlo lejos de casa. Berlín asomaba como el destino ideal, una ciudad cosmopolita, con oportunidades y algo de más tranquilidad que Estambul, donde las protestas sociales ponían a los inmigrantes contra las cuerdas. Pero solo Khaled tenía los papeles en orden para una mudanza legal. A Amel solo le quedaba meterse en el berenjenal burocrático que significa la búsqueda de una visa. Y esperar. Mucho. Demasiado. Y entonces se lanzó a la misma aventura aterradora que miles de refugiados en búsqueda de una vida algo más digna: intentar ingresar a Europa a bordo de una barcaza ilegal timoneada por contrabandistas. Un viaje por el Mar Mediterráneo que debía unir el suroeste turco con Grecia. Pero, entre medio, como suele ocurrir, la embarcación se hundió muy cerca del destino, dejando a decenas de personas flotando en las aguas saladas, a la deriva no solo de la naturaleza sino de la voluntad de los rescatistas europeos.

Lo que ocurre apenas después del hundimiento es registrado en primerísima persona en Purple Sea, el documental de tintes ensayísticos, dirigido a cuatro manos por la pareja, que en estos días llega a la plataforma Mubi luego de un importante recorrido por festivales que incluyó la Berlinale y el reputado Visions du Réel. Un registro de una urgencia apabullante, filmado con la cámara acuática que Alzakout ató a su chaleco salvavidas. Desde ese ojo electrónico inestable y parcialmente sumergido, como dice su voz en off, se ve todo: el cielo azul, las aguas transparentes, los contornos continentales en el horizonte. Para ella es auténtica maldición, tratándose de lo desesperante de una situación de naufragio: tan cerca de su meta, a la vez que tan lejos. Pero a Alzakout y Abdulwahed les interesa no tanto el enfoque periodístico como el sensorial, creando una sensación de vigilia imperada por el contraste entre la superficie y ese mundo líquido donde el tiempo parece transcurrir a otra velocidad. Gran parte de los 67 minutos son con la cámara bajo el agua y la directora intentando no mostrar los rostros. Una tragedia personal, que con esa decisión se ilustra colectiva.

La confusión es norma en Purple Sea. En términos visuales, porque a cambio de esa ausencia de rostros –el propio y el de sus compañeros de desgracia– se observan las sogas que atan su chaleco, una infinidad de piernas intentando mantener los cuerpos a flote y brazos agitándose. En términos sonoros, porque los gritos y el ruido del agua pegando contra los cuerpos son acompañados por una sinfonía desajustada de silbatos soplados por quienes atan su supervivencia a la posibilidad de ser oídos. Mientras tanto, el testimonio ensayístico Alzakout recuerda las situaciones que la llevaron hasta allí y enumera los proyectos con su pareja, dándole a los recuerdos y a la posibilidad de un futuro mejor el carácter de motores para sobrevivir. Hay también reflexiones –algunas más interesantes que otras– sobre el impacto de esta experiencia tanto para ella como para quienes viven situaciones similares a diario. En ese sentido, Purple Sea es un testimonio sobre aquellos que, en términos noticiosos y geopolíticos, son meras estadísticas que ilustran un mundo en crisis.